En 1953, una pregunta sobre gatos llegó al Parlamento británico. Lo que empezó como una consulta sobre el dinero destinado a mantenerlos terminó con una respuesta inesperada: entre aquellos trabajadores de cuatro patas había igualdad de pago entre machos y hembras. Para muchas mujeres que trabajaban en el mismo servicio postal, esa igualdad todavía era una cuenta pendiente. ¿Cómo habían conseguido unos gatos entrar en las oficinas del correo y convertirse en un asunto del Gobierno?
La historia de los gatos del correo británico mezcla una necesidad muy concreta, el carácter independiente de los felinos y una buena dosis de humor. No repartían cartas ni llevaban pequeños uniformes. Su tarea era mantener a raya a los roedores, y el dinero que se asignaba a su cuidado quedó registrado. Detrás de la expresión “gatos con sueldo” hay una historia real, pero también algunos detalles que ayudan a entenderla sin exageraciones.
Por qué el correo británico empezó a emplear gatos
En septiembre de 1868, tres gatos fueron incorporados oficialmente a la oficina de giros postales de Londres. Comenzaron con un periodo de prueba de seis meses y una asignación semanal de un chelín para su mantenimiento. El acuerdo tenía una condición: si no disminuía el problema de los ratones, se retiraría el dinero. En mayo de 1869 quedó constancia de que habían cumplido bien su tarea, y en 1873 la asignación aumentó en seis peniques.
La idea tiene sentido cuando pensamos en una oficina llena de documentos y sacas. Una carta dañada podía perder información; un papel utilizado para enviar dinero tenía un valor que iba más allá del material. Los gatos protegían ese entorno haciendo algo que no necesitaba instrucciones escritas. Su presencia se extendió a otras oficinas, aunque las cantidades destinadas a cuidarlos variaban. No existía una única tarifa aplicada por igual a todos los gatos del servicio.
Qué significaba que un gato cobrara un sueldo
Cuando se cuenta esta historia, es fácil imaginar a un gato esperando su nómina. La realidad era más sencilla: se reservaba dinero para mantener al animal. Esa distinción importa porque explica por qué los documentos hablan de asignaciones y gastos de cuidado. Los gatos no eran trabajadores humanos con los mismos derechos y obligaciones, aunque el lenguaje de la época y las bromas parlamentarias los describieran como empleados. La gracia de la historia no necesita convertirlos en funcionarios con contratos firmados.
El correo británico tampoco fue el único en recurrir a ellos. En oficinas postales de Estados Unidos hubo gatos destinados a controlar ratones, y los relatos de comienzos del siglo XX muestran que algunos se convirtieron en personajes queridos por los trabajadores. Esa combinación de utilidad y compañía ayuda a entender su permanencia. Si quieres explorar cómo fue cambiando nuestra relación con los felinos, puedes continuar con la historia del gato doméstico.
Tibs, el gato que se convirtió en una celebridad del correo
Entre los gatos postales más conocidos aparece Tibs, recordado también como Tibs el Grande. Nació en 1950 y pasó unos catorce años en la sede del correo de Londres. Su nombre quedó asociado al control de ratones del edificio, pero su fama salió de los pasillos: apareció en el libro Cockney Cats, publicado en 1953, y participó en un encuentro de gatos y estrellas de cine. No hacía falta internet para que un michi llamara la atención del público.
Las crónicas también recuerdan su gran tamaño, que rondaba los diez kilos. Más interesante que esa cifra es el lugar que llegó a ocupar en la memoria de la institución: tras su muerte en 1964, fue despedido en la revista del correo. Un animal que había empezado como ratonero merecía un recuerdo escrito. Algo parecido ocurre al leer sobre Mike, el gato del Museo Británico: son historias de felinos cuya presencia terminó formando parte de un lugar.
El debate de 1953: asignaciones, maternidad e igualdad
El 18 de marzo de 1953, el diputado Peter Orr preguntó cuándo se había aumentado por última vez la asignación para mantener a los gatos del departamento. David Gammans respondió con humor, describiendo un sistema poco uniforme y animales difíciles de encajar en una organización laboral. Explicó que, salvo una excepción para los gatos de la sede central, había una congelación general desde julio de 1918. La pregunta permitió ver que incluso esos pequeños gastos podían llegar a discutirse en la Cámara de los Comunes.
La conversación continuó con otra curiosidad: qué sucedía cuando una gata tenía crías. Gammans explicó que los responsables locales podían autorizar una ayuda por maternidad. Después, la diputada Irene Ward preguntó si entre los gatos se aplicaba la igualdad de pago. La respuesta fue afirmativa. El intercambio combinaba un asunto administrativo real con bromas sobre animales; por eso conviene leerlo como una conversación de su tiempo, sin atribuir a los gatos una conquista política que no habían realizado.
La comparación con las trabajadoras tenía un fondo real
La respuesta llama la atención porque las mujeres del servicio postal sí habían tenido que organizarse para reclamar igualdad. La asociación de empleadas de oficinas postales, fundada en 1901, defendía sus derechos laborales. Durante la Segunda Guerra Mundial también hubo campañas contra las diferencias de sueldo de las telefonistas. En 1955 se anunció una introducción gradual de la igualdad salarial durante los seis años siguientes para la mayoría de las categorías afectadas.
Así se entiende mejor la comparación que circula hoy: en 1953 podía afirmarse que el mantenimiento de gatos y gatas no se pagaba de forma distinta, mientras muchas trabajadoras seguían cobrando menos que los hombres por tareas iguales. Eso no significa que todos los problemas de desigualdad desaparecieran en una única fecha. La anécdota felina permite acercarse a una diferencia histórica concreta, y también recordar el esfuerzo de las mujeres que reclamaron cambiarla.
El final de una tradición de más de un siglo
Blackie fue el último gato empleado en la sede central y murió en 1984. La sustitución de las sacas de tela por otras de plástico contribuyó al declive de aquella función. El cambio recuerda que la historia de estos gatos estuvo ligada a una necesidad del trabajo cotidiano: cuando cambiaron los materiales y las condiciones, también cambió su lugar en el edificio. No fue una desaparición de todos los gatos de todas las oficinas británicas al mismo tiempo.
Quizá lo más atractivo de esta historia sea precisamente su escala. Entre cartas, presupuestos y debates políticos aparecen animales que seguían siendo gatos, ajenos a los cargos y a la importancia de quienes los rodeaban. Los cuidadores pagaban su mantenimiento, los trabajadores recordaban sus nombres y algún diputado preguntaba por ellos. Más de un siglo después de aquellos primeros tres ratoneros, sus pequeñas biografías siguen dando una entrada cercana a la historia del correo y de las personas que trabajaban allí.






